9-agosto 2025
¿Podemos realmente aspirar a tener políticos honestos en
un país donde no se brinda a los jóvenes ninguna clase de formación política? Tuve
la suerte de nacer en un tiempo en el cual el país contaba con políticos
honestos. Luis Bedoya Reyes, Alfonso Barrantes Lingán, Ramiro Prialé, Belaúnde
Terry y por supuesto Víctor Raúl Haya de la Torre. ¿Qué tenían todos ellos en
común? Ninguno de ellos accedió a la presidencia o a ningún cargo público con
intereses subalternos. Peruanos que murieron en la dignidad de su pobreza o con
el título de nobleza que significaba su probidad, luego de haber servido con
auténtica devoción y mística al deber sagrado que les había encomendado el pueblo
peruano en su función pública. Eran otros tiempos. En el caso de Ramiro Prialé,
ex presidente del Senado había sido deportado dos veces por causa de sus
convicciones políticas. Cuando el presidente Prado le ofreció ocupar un cargo
en su gobierno Prialé lo rechazó, pidiéndole únicamente que lo restituyera en
su cargo de maestro de la Educación Nacional. Víctor Raúl Haya de la Torre
luego de haber triunfado en las elecciones a la Asamblea Constituyente de 1978 como
el diputado más votado a nivel nacional, con más de 1 millón de votos rechazó
la dieta que le correspondía por ley aceptando simbólicamente el pago de un sol,
ya que éramos un país pobre, un país endeudado y que él se proponía liderar con
absoluta austeridad el retorno del pueblo peruano a la democracia luego de once
años de gobierno militar. Tampoco aceptó vehículo del Estado ni chofer. Así inauguró
con ese gesto de honestidad, único en la historia el decálogo moral que todo político
que pretenda servir al Estado debería tener presente.
Hoy en día nuestros funcionarios públicos ganan sueldos más
que competitivos. Tan altos en ciertos rangos que las empresas privadas de
mediana talla no pueden competir y se ven obligadas a prescindir de los
servicios de ciertos profesionales dada su incapacidad para competir con el
nivel remunerativo del Estado. Dentro de esa misma lógica, nuestra actual
presidenta de la República emitió hace un mes un Decreto en virtud del cual se aumenta
el sueldo de 16.000 soles (US$4.500) a 35.500 soles mensuales (unos US$10.000).
El cambio lo ha hecho en medio del índice más bajos de popularidad en la
historia que jamás un primer mandatario haya alcanzado en la historia
republicana: un 3% de aprobación ciudadana según una encuesta de la prestigiosa
Datum Internacional. El actual ministro
de economía y finanzas, Raúl Pérez Reyes justifica la decisión en el
espíritu de “corregir” una decisión que fue tomada en su gobierno por el expresidente
Alan García Pérez --quien se bajó el sueldo a la mitad de su valor—y con la
justificación de poder así establecer una remuneración coherente con la de los
demás funcionarios. El expresidente Humala por su parte incrementó los sueldos
de los ministros al doble, pero mantuvo el suyo en 16.000 soles mensuales. Si
bien se entiende la razón técnica que brinda el ministro, ¿por qué razón si los
seis presidentes anteriores han mantenido la reducción del sueldo hecha por expresidente
García, incluido Pedro Castillo, la
actual presidenta quien además accedió al cargo en sustitución de este no puede
continuar en la misma línea de moralizar mediante el ejemplo?
De otra parte, sorprende que no haya habido marchas de
jóvenes universitarios. Tampoco el manifiesto de ningún colectivo ciudadano. No
es un secreto que la mitad de los peruanos vivan de espaldas a lo que hace el
gobierno y más interesados en el fútbol o las noticias de farándula. Nos
encontramos en periodo preelectoral y exactamente a un año de las próximas
elecciones; sin embargo, se percibe una profunda anomia e indiferencia colectiva
preocupante de cara a las elecciones de julio de 2026. Nada de esto es
casualidad. Los partidos políticos ya no son partidos políticos sino tiendas
electoreras y clubes aventureros sin otra doctrina que la de capturar el poder;
las universidades privadas ya no son universidades, sino
corporaciones con ánimo de lucro completamente despolitizadas, gobernadas por
empresarios más que por educadores; los sindicatos tal vez sean una de las
pocas organizaciones sociales del siglo XX que haya sobrevivido hasta hoy y una
de las pocas agrupaciones en las que aún se brinda formación política a sus
miembros. En efecto, tenemos el privilegio de poder elegir; no obstante, al no
contar con ninguna clase de educación política ni en los colegios ni en las
universidades es difícil que nuestra ciudadanía pueda conformar partidos
políticos que legítimamente lo sean, ni presentar candidatos con una real
vocación de servicio al pueblo y el expertise
humanístico, científico y técnico que el Perú necesita. La suerte está echada.
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